Fecha:
01/07/2012
Lo más profundo es la piel, frase que los poetas llevan repitiendo casi desde el inicio de su oficio milenario (y que la publicidad se ha apropiado con entusiasmo), podría muy bien ser el resumen de un reciente libro, La piel como superficie simbólica (editorial FCE), de la artista y estudiosa argentina afincada en Granada Sandra Martínez. Una profundidad ésta de la piel que busca aflorar, emerger, hacerse superficie, es decir, encontrar un modo de expresarse en toda su extensión social, epistemológica, antropológica, existencial y artística.
La piel es una especie de ara (en ella se consuman esos sacrificios sagrados que exigen los dioses a los miembros de determinados grupos étnicos), de museo (sobre ella se exponen los frutos de siglos de manipulación de la materia para transformarla en objeto estético), de ensayo (en cada piel hay grabado un tratado político, económico, sociológico o filosófico) y de frontera (entre lo uno y lo otro, entre el yo y su espejismo, entre lo hegemónico y lo transgresor, entre el presente y sus múltiples pasados y futuros, entre el deseo y la represión del deseo, entre el amor y la soledad). Es por eso que la piel se tatúa, se horada, se llena de inscripciones, se maquilla, se escarifica: para que no se guarde su secreto, para que hable y nos haga hablar, para que eso que encierra detrás y antes de sus límites irrumpa en el discurso comunitario mientras sigue coloreando el decurso íntimo de quien la porta.
Sandra Martínez le pregunta a la piel desde la antropología, desde la historia, desde el arte contemporáneo (las performances, los tatuajes, los piercing, el cine, la fotografía, las videoinstalaciones) o desde la moda. La piel es un espacio simbólico desde el cual se construye la memoria y la identidad del individuo y de la sociedad, un punto de partida metodológico que la autora pone en pie a partir de las disciplinas acabadas de enumerar y analizando los casos concretos de pueblos, estudiosos o relevantes artistas de la actualidad. La piel como metonimia del cuerpo y como barra de seguridad entre éste y sus accidentes geológicos (orificios, protuberancias, extremidades, heridas, granos, flujos de distinto color): la piel como portavoz del sujeto y de la sociedad a la que éste pertenece.
Este libro de Sandra Martínez, único en su género (o al menos el que abarca más ámbitos intelectuales, el mejor inscrito en las problemáticas de las distintas posmodernidades artísticas y sociológicas), es una extraordinaria aportación al estudio de la piel como mapa y síntoma de nuestro tiempo.
Escrito con agilidad expresiva e intelectual, con un manejo de documentación de primera calidad y con un talento natural para poner en orden el caos de ideas e intuiciones que sobre este asunto se han ido acumulando a lo largo de los últimos siglos, La piel como superficie simbólica es un libro llamado a convertirse en una referencia imprescindible para acercarse a un asunto axial del arte y el pensamiento contemporáneos. Un libro que se lee despacio (en profundidad, subrayando, anotando al margen) y a enorme velocidad (de un tirón, sin querer detenerse, con la rapidez de quien se desliza por la superficie de un lago helado) porque, en efecto, lo más profundo es la piel, algo que Sandra Martínez, artista e investigadora, demuestra línea a línea. El verano ha comenzado con fuerza y todos enseñamos la piel, que mimamos con cremas, aceites, caricias y baños. No es mal momento para enterarse qué es exactamente eso que enseñamos leyendo un libro como éste.
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