Fecha:
11/02/2011
Toneladas de portadas rosas invaden los escaparates de las librerías en estos días que ronda San Valentín y sin embargo, muy pocos títulos son capaces de acercarse al fenómeno amoroso con ciertos visos de realidad, entendiéndolo en su compleja dimensión que supera con creces el apasionado momento inicial en el que flotas por el mundo con una suerte de mariposas en el estómago.
El propio título nos da la clave: a amar se aprende. Nadie nace sabiendo "ser pareja" al igual que no te gradúas como "madre" hasta el tiempo te va marcando el camino y las formas.
"El príncipe azul existe, lo encontré. Un verdadero cabeza dura, a quien amo" nos dice la autora en la dedicatoria del libro, como primer testimonio de amor que se aleja de cualquier tipo de idealización romántica. Y es que cuando el gallardo principito encontró a la chica de sus sueños ambos supieron que eran el uno para el otro. "¿Y...?", se pregunta el narrador con mucho humor. Pues veamos qué sucedió después, ya que nuestro relato comienza donde la mayor parte de los cuentos tradicionales terminan: en el "fueron felices y comieron perdices".
Los pequeños protagonistas habitaban un hermoso palacio donde podían comer chuches a su antojo u holgazanear en la cama hasta el mediodía. Juntos descubrieron los misterios de sus propios cuerpos... pero como a todos nos ha sucedido, pronto llegó la hora de tomar decisiones sobre aspectos de la vida cotidiana: ¿cómo decidieron de qué color pintar su hogar o dónde era el lugar adecuado para colocar las cosas?, ¿qué sucedía cuando sólo quedaba una bola de su helado favorito?, ¿cómo se pusieron de acuerdo para elegir el nombre de sus hijos? Queridos lectores, la respuesta es sencilla: con mucho amor (ese que sabe ponerse en lugar de la persona a la que quieres, que aprende a ceder en ciertos momentos, a dialogarlo todo).
Las preguntas se siguen enhebrando a través de las imaginativas ilustraciones de álbum: ¿seguía siendo atractiva la princesa cuando le salían granos o se le escapaba una inoportuna ventosidad? ¿Cómo hacer para aliviar su soledad cuando su amado se iba a cazar monstruos o de juerga con sus amigotes? Y qué decir de las inseguridades del apuesto enamorado cuando ella bailaba con otro; de sus molestos ronquidos o de sus botas oliendo a queso.
"¿Cómo pudieron seguir amándose a pesar de todo? Será porque crecieron", y yo añadiría: porque juntos aprendieron a construir esta preciosa historia en común. Que los niños descubran amores de carne y hueso, amores humanos en los que ninguno de los sujetos es perfecto, con sus días felices y sus momentos de desencuentro, pero que al fin y al cabo, merecen la pena.
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