Fecha:
01/06/2012
Diré de entrada que nos encontramos ante un libro único en las dos acepciones que de este término recoge el diccionario de la Real Academia Española. Es único porque no existe otra antología de poesía española del siglo XX sobre pintura -creo que no existe sobre ningún otro período histórico-, lo que le convierte obviamente en un libro de referencia sobre el asunto. Pero también es único, porque es un trabajo excelente sobre un tema que viene de antiguo: "una hermandad antigua y vieja", titula el autor en su prólogo, inteligente y lleno de sugerencias y seguramente de posibles y fructíferas controversias.
Se remonta Enrique Andrés en esta historia, no podía ser de otra forma, a la Grecia antigua, a la raíz clásica del tema, al procedimiento de la écfrasis, frecuente entre los autores clásicos mediante el que los poetas elaboraron lo que en la actualidad sería la descripción de una obra de arte. El primero de todos que escribió sobre la relación de la palabra y la imagen fue Simónides de Ceos, que definió la pintura como "poesía muda" y la poesía como "pintura que habla", una primera formulación (es de reseñar la claridad en las definiciones de poesía e historia en la época clásica que hace el autor, indispensables para comprender el discurso) que adquirirá carta de naturaleza con la forma de Horacio ut pictura poesis que delimitará históricamente, quizás de forma abusiva, las relaciones entre palabra e imagen, entre poesía y pintura. Pero además de enunciar por primera vez esa relación de hermandad, el poeta de Ceos dio inicio a otra importante cuestión, la de la jerarquía de las artes. A partir de ahí, las relaciones entre pintura y poesía se traducirán, sobre todo, en un intento de los pintores por equipararse a los poetas: cosa mentale, quería Leonardo que se llamase a la pintura.
Una historia que tiene, para el autor, dos hitos fundamentales, el primero el cristianismo -"un giro copernicano"- y, sobre todo, la Encarnación, un hecho histórico que permite y legitima la representación de las cosas y seres reales "sin auxilio de ningún texto, letra o palabra que viniera a conferir a esas existencias su sentido o sus destinos enmarcados en una historia o relato mítico", sino como lo que ahora es mera manifestación de la Carne.
El otro hito fundamental del diálogo entre la pintura y la poesía y quizás lo más importante que planea el autor, desde luego lo más controvertido, es la imposibilidad contemporánea de que poesía y pintura conserven aquella vieja hermandad, apoyada como estuvo en aquella imitación de lo real en que ambas se sustentaban. La imposibilidad se debe a que la aparición de lo que hoy se llama "arte contemporáneo" viene a consistir en una totalización estética, es decir, una fusión o absolutización de lo artístico que impide el viejo cultivo de las artes por separado, un hecho ya "superado": "Hoy los artistas no son pintores o escultores, son totalmente artistas y lo son de un arte que se ha emancipado de las artes antiguas que tenían sus oficios, leyes y fábricas".
Aun así, el s. XX, tanto en España como en Hispanoamérica, propició muchos ejemplos de poemas para los cuales la pintura es un tema, aunque el espíritu del tiempo quedaría recogido en el Arte Poética de Vicente Huidobro (presente en la antología) y en su rechazo de la imitación y su vindicación de la autonomía artística. Sin embargo, la vieja écfrasis perviviría en obras tan señeras como la de Manuel Machado ("Nadie más cortesano ni pulido / que nuestro rey Felipe que Dios guarde, / siempre de negro hasta los pies vestido") o la de Rafael Alberti, autores ambos de libros enteros sobre pintura, Apolo. Theatro pictórico, y A la pintura, respectivamente.
Especialmente representativos para esta historia son la Oda a Salvador Dalí, de Lorca, el Amiga pintura que Jorge Guillén dedicó a Cristóbal Hall ("Pinta bien: se me apresura / Todo Mayo hacia un amor"); el poema de Jorge Carrera Andrade sobre un cuadro de Guayasamín convertido en célebre canción hispanoamericana ("Arcilla cocida y dura, / alma de verdes collados"); el de Borges (que recordemos era un poeta ciego) sobre el pintor Jorge Larco; el de de Biedma dedicado al pintor Paco Todó y así un largo etcétera de poetas que compusieron si no libros enteros, series de poemas absolutamente pictóricos, entre los que encontramos a Fina García Marruz, Rafael Sánchez Mazas (que fue presidente del patronato del Museo del Prado), Francisco Pino con un bello poema plástico titulado Color ("Y el cielo, un relieve / de rojo y ceniza") y Gabino- Alejandro Carriedo con un excelente poema dedicado al pintor Juan Manuel Caneja: "Castilla, el rostro abstracto / del color, residual /rayo pluscuamperfecto / de la luz del paisaje".
Uno de los aciertos de la antología está en el hecho de que el "campo de observación" se haya entendido de una manera amplia y así a los poemas de poetas que además fueron o son críticos de arte o escritores sobre pintura (Juan Eduardo Cirlot, Luis Pérez Oramas, Luis Felipe Vivanco, con sus poemas sobre Zabaleta y la escuela de Vallecas; Juan Manuel Bonet...) se añaden poemas que resultan de las espléndidas intersecciones, de diálogos interartísticos, entre poetas y pintores, como el del poema de Carriedo con los propios poemas de Caneja, o el de Francisco Vighi sobre la tertulia de Pombo, trasunto del célebre cuadro de Solana, o el de los poemas de Ramón Gaya (tres poemas de este pintor / escritor en la antología, tal como es una de las preferencias personales del autor, que compartimos) con el de Bergamín a Gaya ("quien más ve, menos oye, menor dura"), etc.
En definitiva un libro de poemas que se lee, se puede leer, como el que deambula por las salas de un museo, sujetándose o no al guión museográfico, en este caso cronológico, reencontrándose con poemas (piezas) ya conocidos o encontrándose con otros por primera vez, como el poema Sfumato de Amalia Bautista ("Un preciado regalo contra el mundo, / contra la realidad, contra la vida, / contra la lucidez y contra mi tristeza"), el de Martín López-Vega, Habitación de hotel dedicado al pintor Edward Hopper...
Por último, una felicitación al Fondo de Cultura Económica y a la fundación Mainel por la cuidada y bonita edición y por haber elegido una portada (Muchachas en Acapulco, Ramón Gaya, 1943), supongo que a propuesta del autor, tan magnífica y tan representativa de una historia de poemas y pinturas. Dice Gaya: "Pintura no es hacer, es sacrificio, / es quitar, desnudar; y trozo a trozo / el alma irá acudiendo sin trabajo". Lo mismo que le pasa a la poesía.
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