Fecha:
01/08/2009
"Mario Santiago era un iluminado, y como tantos iluminados ardió en su propia luz", sentenció Juan Villoro. La reciente publicación de Jeta de Santo. Antología poética (Fondo de Cultura Económica) propone rastrear un puñado de poemas de un provocador, de un hereje, de un inconformista. A más de una década de su muerte, se trata de seguir con atención el pasaje de la periferia al canon actual para un mexicano que, según Villoro, "dejó su propia piel en la búsqueda de la poesía".
"Solo se escribe con pasión, con verdad, cuando se está acorralado. La mente trabaja bajo presión. En condiciones normales, permanece improductiva, se aburre y aburre", escribió en uno de sus tantos cuadernos, el filósofo rumano E. M. Cioran. Los mayores poetas, citaré al azar y a modo de ejemplo a Virgilio y al florentino Dante; compusieron sus obras en momentos de duras privaciones, en el exilio. El romano inició su epopeya la Eneida estando expatriado en Asia Menor y Grecia, mientras Dante, un milenio más tarde, -y como buen güelfo blanco, partidario de la independencia- esbozó en el dialecto toscano su Commedia; refugiándose entre las ciudades de Lucca, Verona y Sarzana. Entre los dos casos, la pérdida del lugar de origen paradójicamente facilitó una perspectiva de conocimiento más profundo. Algo análogo le sucedió a Luis Cernuda, durante la dictadura franquista, y décadas más tarde en Latinoamérica, al poeta brasilero Ferreira Gullar, tras buscar asilo político en la turbulenta Argentina de los años 70. Estas experiencias extremas legitimaron sus obras. La distancia, el aislamiento y la soledad no borraron ni la memoria, ni la imaginación de sus idearios poéticos. Al contrario, las han potenciado hasta alcanzar niveles de mayor lucidez.
En otras afamadas ocasiones, el desarraigo fue voluntario. Lord Byron, James Joyce, Arthur Rimbaud o Frederich Hölderlin, cuyos inquietos espíritus andariegos rara vez pensaban en el exilio como una forma de muerte -un desvanecimiento de su identidad-; sino como una búsqueda legítima del perfeccionamiento poético. Una entrega total a su decir. En este último grupo, figura el poeta mexicano Mario Papasquiaro (1953-1998), quien llevó una vida nómada, deambulando de clochard en París, lavaplatos en Barcelona, pescador en Port-Vendres, falso kibutzim en Israel y preso político en Viena, entre tantas otras peripecias en los suburbios de México. Su patria era la lengua, esa violenta poesía que acarreó a todas partes por los caminos del mundo.
Por eso vale destacar la reciente edición de Jeta de Santo. Antología poética 1974-1997 (Fondo de Cultura Economica, 2008), volumen que reúne, a una década del fallecimiento de Papasquiaro, 161 poemas de un corpus que supera los dos mil textos. La publicación refleja 23 años de una evolución poética impulsiva y rebelde. Entre grosería y rebuscados barroquismos en constante sinceridad consigo mismo, se delinea su respiración. El orden del material congregado en el presente libro por Rebeca López y Mario Raúl Guzmán no sigue un criterio cronológico, sino temático. Un vasto prólogo de Guzmán abre el volumen, donde revela al mítico y marginado poeta, a través de una semblanza ajustada.
Mario Santiago, quien fundó en México DF, junto con Roberto Bolaño y otros vanguardistas, el Movimiento Infrarrealista bajo el lema de "querer volar la tapa de los sesos de la cultura oficial", es decir el establishment literario del momento; se ha convertido en uno de los más originales poetas mexicanos de la segunda mitad del siglo XX. Fue responsable de idear uno de los últimos intentos de romper y desviar la poesía de sus rígidas raíces tradicionalistas. "Nuestra ética es la Revolución, nuestra estética la Vida: una-sola-cosa". Es decir, vivir poéticamente desarticulando la percepción ordinaria de la realidad.
La lectura de sus admirados maestros: César Vallejo, Jorge Pimentel, José Revueltas, Efraín Huerta; fue decisiva en su formación autodidacta. De personalidad avasallante, iconoclasta e inconformista, buscó encarnar una actitud poética que subvirtiera cada momento de su vida. Tarea nada modesta, por cierto. Así fue como desde sus inicios arremetió contra el buen gusto, la armonía, es decir la "poesía bien hecha", aquella que se estudiaba en los claustros universitarios y se leía en salones literarios. Vertebró una voz opuesta a los intereses y sensibilidades establecidos por los poetas oficiales adheridos al modelo implementado por Octavio Paz, los líricos de "la generación del 50" y su legión de epígonos. De este modo, su carácter rebelde se expresa produciendo una poética cuya pulsión resulta una mezcla potente de estéticas antagónicas: "¡Cómo nos vamos dejando morir!/ El 1-múltiple/ el 1-todo/ El 1 seminal & subterráqueo/ Rata del halo/ mujer del resplandor/ El de las bocinas únicas en los polos congelados/ El del lloro incontenible/ & la conciencia/ que es igual/ El perro fiel/ Adentro de la sísmica balanza de las perras/ Adentro del destino de las niñas destetadas/ En el mero corazón de la muerte/ Que hoy florea todo raíz & señal/ Fuego & desafío calcinado/ Oración-herejía/ Esfuerzo tornasol" ("A la vida perpetua de Carlos Coffeen Serpas"). Cada verso estalla como volcán en erupción. Pródigos en imágenes contrastantes, apresados entre el espíritu y la carne.
A través de los años y de su sempiterno nomadismo urbano, de una existencia lumpen, fue acopiando su decir en páginas sueltas que solía leer en cantinas, cervecerías, esquinas, plazas, vagones del Metro. Siendo un poeta de ruptura, utilizó técnicas de las más vastas vanguardias habidas y por haber. Desde los patafísicos hasta los beatniks, estridentistas y futuristas, entre tantos otros. Como resultado, ha legado un extraño collage alucinatorio. Desde entonces, un mito alrededor suyo comenzó a construirse.
Jeta de Santo se aleja del lirismo convencional, aquel mero formalismo en función de los mecanismos lúdicos que adolecen la mayoría de las vanguardias. "Traigo a la Muerte desbordándose en mis ojos/ Su absoluto esplendor me quema/ :& a la vez me calcina & acaricia:/ El bosque de su sombra estruja el viento de mis plumas/ Me mira con furia & con ternura/ & yo igual" ("Coleridge dixit"). Los versos de Papasquiaro se despliegan con un fuerte sentido de la composición musical. Ricos en tonos polimórficos, ofician numerosas vertientes nunca antes transitadas, creando una superficie de extraña belleza sonora. Tal vez el poema donde mejor se perciban y sinteticen sus consignas estéticas resulte "Consejos de 1 discípulo de Marx a 1 fanático de Heidegger". Un tour de force compuesto durante su período de mayor ebullición inspiradora, a mediados de los años setenta, poco antes de marcharse a ruar por Europa. Con cierta dosis efusiva de feísmo y amargura, el poema fluctúa por todos los estados anímicos posibles. Es el equivalente -en ambición, mas no en forma- a "Muerte sin fin" del "contemporáneo" José Gorostiza, o "Cadáveres" de Néstor Perlongher.
Cultor de una poética acéntrica, hondamente dúctil, su fuerza amorfa alude, por lo general, a la libertad de las caminatas, a la necesidad de viajar y a la percepción como fuente inagotable de la existencia humana. Ignorado en su momento por manifestarse contra los poderes dominantes de la literatura mexicana, la poesía de Mario Santiago es hoy cada día menos periférica al canon. La presente selección de poemas volcánicos aquí reunidos postula de qué modo su singular itinerario de nuevas y raras formas poéticas continúa resistiendo el paso del tiempo.
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